Arquitectura Dominicana
La República Dominicana posee una arquitectura mezclada,
desde la Taína hasta los colonos europeos.
Las primeras formas arquitectónicas que poseía la entonces
Hispaniola fueron los bohíos y caneyes donde habitaban los Taínos, de planta
circular o rectangular, con una estructura básica a base de gruesos horcones.
Las paredes se constituían a base de varas o cañas amarradas con bejucos y las
cubiertas eran hechas con yaguas, hojas de palma, guano o paja. Los bohíos
fueron adoptados por los españoles a partir del siglo XVI, introduciendo
algunos cambios como la utilización de tablas para las paredes, la introducción
de puertas y ventanas y las divisiones interiores. Estos bohíos de orígenes
remotos han evolucionado para convertirse en la expresión por excelencia de la
arquitectura vernácula dominicana, poblando campos, pueblos y provincias.
Características que distinguen a esta arquitectura son: los
techos inclinados adecuados al clima lluvioso, las ventanas de celosías que
permiten la entrada de la brisa y tamizan la entrada de la luz junto a una explosión
de color que se convierte en rasgo típico dominicano.
Sin embargo, en 1492, con la llegada de los españoles, este
tipo de arquitectura fue sustituido por una fusión de estilos, donde elementos
románicos, góticos, renacentistas, platerescos o barrocos son combinados en una
misma edificación. Los muros macizos de piedra, los balcones andaluces, los
patios interiores rodeados de galerías y arcadas que incorporan el agua y la
vegetación creando un microclima dentro de los edificios, los mosaicos de
motivos geométricos y las altas puertas y ventanas de madera se convierten en
sello distintivo de nuestra arquitectura colonial, junto a un uso peculiar y
único de la calle y la acera como extensiones sociales de la vivienda.
Estas mezclas arquitectónicas constituyen nuestros orígenes
culturales, que se reprodujeron y transformaron durante siglos, hasta poblar
nuestros campos y ciudades, arraigándose en la cultura local hasta convertirse
en una forma de vida.
Arquitectura urbana.
Sólo para principios del siglo XX, la arquitectura urbana
empieza a evolucionar, primero saliendo de la ciudad intramuros, y constituyendo
nuevos ensanches: primero Gazcue, luego Naco. La casa unifamiliar, liberada de
las medianeras eliminó el patio interior, y se abre mediante terrazas hacia un
patio frontal y posterior, se introducen los muros de hormigón, los techos
planos y las marquesinas para el vehículo. Las terrazas reinterpretan los
antiguos patios interiores y balcones andaluces, uniendo la casa con el
exterior y buscando las ventilaciones cruzadas, en una aproximación más cercana
a la concepción abierta de la casa vernácula, en contacto con la naturaleza y
la vegetación.
Para la segunda mitad del siglo XX, el movimiento moderno y tardo moderno deja su impronta en nuestro país, en especial en la ciudad capital, cambiando la fisonomía urbana con un lenguaje universal de superficies blancas, ventanas corridas, plantas libres y techos planos. Sin embargo, elementos como los balcones —que unen interior y exterior—, y los brise-soleil — interpretaciones de las ventanas afrancesadas de madera que permitían el paso de la brisa tamizando el paso del sol— se convierten en protagonistas. La arquitectura moderna dominicana no es cerrada, ajena al sitio, sino que se abre al mar, sobre todo a nuestro Mar Caribe, y a sus brisas tropicales; además se decora, en ocasiones con revestimientos de mármol o cerámica, en otras con grandes murales que traen color al conjunto.
En cuanto a la cultura
habitacional, sobre todo vacacional, arquitectos dominicanos de renombre
rescatan en sus diseños, espacios, materiales y sensaciones de larga tradición
en nuestra arquitectura, intrínsecamente arraigados en los hábitos de nuestras
familias y de nuestra sociedad. Eddy Guzmán e Isaac Castañeda, para sus casas
personales, vuelven a la simplicidad de la madera o la cana, y a los espacios
abiertos, donde el interior y el exterior se funden, inspirados en una vida
tropical al aire libre. Por su lado, Antonio Segundo Imbert y Alejandro
Marranzini reproducen los patios interiores o los techos inclinados en madera,
con una visión sumamente contemporánea, creando obras donde las galerías y las
terrazas imperan. Y por último, Francisco Feaugas logra en sus villas producir
experiencias multi-sensoriales mediante interesantes recorridos que se
inspiran en una realidad colonial que él recrea sin citas literales, desde el
acceso cerrado y macizo, las texturas de las piedras, los pasadizos que de
repente abren a patios interiores donde el agua y la vegetación impera y de
donde se pasa a espacios intermedios, terrazas que están entre el adentro y el
afuera, pérgolas y galerías que permiten un contacto continuo con el paisaje
circundante.
Hablar del
esplendor de la arquitectura moderna en República Dominicana es sinónimo del
arquitecto Guillermo González Sánchez (1900-1970), considerado por muchos como
el padre de la arquitectura moderna dominicana.
Desarrolló algunas de las obras paradigmáticas del
estilo moderno. Construyó el parque infantil Ramfis (1937) y el Edificio
Copello (1939). También, el parque Eugenio María
De Hostos., Santo Domingo, el cual se fundamenta en un esquema compositivo
axial, fue programado para completar una perspectiva tridimensional desde la
Avenida George Washington.
En 1942, González construyó el Hotel Jaragua,
considerado como una obra maestra de la arquitectura moderna del Caribe. Esta
estructura fue demolida en 1985.
A este le sigue su serie:
- Hamaca,
Montaña
- Hispaniola
- Casino de
Güibia
- Hipódromo
Perla Antillana
- La planta
de la Cervecería Nacional y el edificio de los Bomberos Civiles.
Trabajó en varias residencias y en la Facultad de
Ciencias de la Salud (hoy Marion), y en el diseño urbano de la Universidad de
Santo Domingo (hoy Universidad Autónoma de Santo Domingo). También diseñó el
plan urbano de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre (1955), y la
emblemática escalinata que conecta la ciudad amurallada con la avenida del
puerto.









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